
Y, por supuesto,
compartían los tradicionales divertimentos de los médicos de guardia.
Y uno de esos
divertimentos era el “bautismo” de los nuevos practicantes de la guardia,
habitualmente estudiantes de Medicina que se incorporaban a una guardia a hacer
las primeras armas frente a los enfermos de verdad.
Pero tenemos que
retrotraernos a unos días atrás al evento que motiva este relato. Digamos, unos
5 días atrás.
Salía del
consultorio externo, después de haber estado atendiendo pacientes, y pensando
en el próximo almuerzo, cuando… “sintió” o “presintió” que lo estaban mirando.
Giró la cabeza hacia los costados y solo le llamó la atención una anciana, como
tantas de las que iban a diario al hospital, vestida de negro, con una pañoleta
en la cabeza, que levantó lentamente la vista y lo miró. Realmente no le prestó
mayor atención y subió la escalera rumbo al comedor.
Al día siguiente,
entrando al Servicio de Cirugía a operar (ese día el Jefe de Residentes, que
hacía la armaba la lista de operaciones, lo había puesto de primer ayudante del
Jefe del Servicio) parada en el pasillo que lleva al Servicio, vió nuevamente a
la viejita. Como iba distraído y concentrado en su próxima operación, se dio
cuenta una vez que había pasado frente a ella. Se dio vuelta para confirmar que
era ella, pero ya no estaba. Seguramente fue un corcovo de su imaginación que
le había hecho ver lo inexistente.
Al otro día
estaba tomando un café en el bar de enfrente del hospital con otros médicos,
cuando la volvió a ver. Pasó caminando por frente al ventanal del bar y
percibió claramente que lo miraba. Trató de recordar… Una paciente? No…
Familiar de algún paciente? Tampoco le sonaba… Se encogió de hombros y siguió
charlando con sus compañeros.

A media mañana
apareció el Médico Interno de la Guardia por el Servicio de Cirugía y le dijo
- Che, flaco…
Esta noche hay “bautismo…” Son dos pibes nuevos, un muchacho y una pendeja… Vos
vas a ser el protagonista porque no te han visto todavía y no tienen idea de quién
sos.
Procedió a
contarle el plan, que era realmente original y divertido. Se entusiasmó
pensando en cómo se reirían de los dos nuevos practicantes.
Antes de irse, el
médico interno le recomendó no ir a la guardia ni a almorzar con ellos para que
las víctimas no lo vieran.
Almorzó en un
restaurant de la esquina, solo, y después regresó al servicio de cirugía y pasó
la tarde revisando las historias clínicas de los pacientes recién operados y
haciendo los controles de rutina.
A las 8 de la
noche de la guardia le llegó en manos del ambulanciero un mensaje: “Preparate
que a las 9 comenzamos”.
Sonriendo caminó
hasta el pabellón, abrió un placard y sacó un pantalón viejo y una camisa que
encontró exactamente donde el ambulanciero le dijo que iba a estar. Se cambió
lentamente. Después abrió un placard donde habitualmente guardaban vituallas
para complementar la magra comida del hospital, tomó un frasco de Ketchup y se
lo tiró encima manchando toda la ropa, y se refregó algo por la cara. Salió
lentamente del pabellón y se acercó a un área lateral donde guardaban las
ambulancias, donde estaba el ambulanciero esperándolo con una de las
ambulancias viejas con el motor en marcha.
- Todo el
hospital sabe lo que va a pasar…! Va a estar buenísimo… - le dijo su conductor…
Y salieron por la
puerta lateral del hospital con las luces bajas. Al doblar en la esquina, miró
por reflejo la entrada del hospital, y volvió a verla… Estaba sentada en la
escalinata, igual que a la mañana. No le vió la cara, pero parecía esperar
algo… “Pobre vieja” pensó, “con este frío…”
La ambulancia
anduvo unas tres cuadras, él pasó hacia la parte de atrás y se acostó en la
camilla, y comenzó la diversión… Comenzó a sonar la sirena en forma continua,
se encendieron las luces externas y arrancaron rumbo al hospital.
La ambulancia
paró frente a la rampa de entrada de camillas a la Guardia. Médicos,
enfermeras, camilleros y practicantes formaban un ramillete en la puerta,
mientras que los dos nuevos quedaban atrás de todo sin poder ver ni acercarse.

Corrieron por el
pasillo. Todos rodeaban a la camilla para evitar que los practicantes nuevos
pudieran acercarse.
Cuando llegaron
al consultorio, el Médico Interno agarró un viejo desfibrilador que hacía meses
que no funcionaba pero que continuaba allí, le puso las paletas en el pecho y
grito “Ya…!”, momento en el cual él hacía movimientos bruscos, dándole bastante
realismo a la escena mientras todos los participantes aguantaban la risa a
excepción de los dos “bautizados”, que trataban de asomarse por entre la gente
que le impedía el acceso a, “herido”. El ambulanciero explicaba a los gritos
“Lo agarró el tren…! Lo agarró el tren…”
Finalmente,
después de extender la actuación por 20 minutos, el Médico de Guardia dijo
- Basta,
muchachos…! No hay caso…! Está muerto…!
Todos pusieron
cara de abatidos mientras por dentro festejaban la ocurrencia y miraban de
reojo a los dos practicantes, que tenían lágrimas en los ojos ante su primera
experiencia traumática frente a la muerte.
Lo taparon como
se ve en las películas, con una sábana. Aunque nunca se hacía, para darle más
dramatismo al evento, le ataron en el dedo gordo del pié izqierdo un cartelito
que decía “N.N.” y fue ahí cuando el médico interno le dijo a los dos novatos
“Uds. llévenlo a la morgue y lo dejan ahí porque la policía va a tener que
hacer una autopsia judicial. Esta es la llave de la morgue. Queda al fondo del
pasillo. Al final van a ver una puerta que tiene el cartel que dice Morgue”
Hacia allí
salieron los muchachitos, empujando la camilla mientras él, totalmente tapado,
hacía denodados esfuerzos por no reirse.
Por la noche, el
camino a la morgue era lúgubre, oscuro y corría un frío viento. Para aportar más
al terror de los dos jovencitos, los viejos bombillos de las viejas lámparas
titilaban por efecto de los cambios de tensión y los movimientos del viento.
Solo se
escuchaban los pasos de los muchachos, el silbido del viento, y la apagada
charla que mantenían
- Pobre tipo…!
- Si…! Que manera
de morirse…
- Justo en
nuestra primera noche…
El ya no aguantó
más la risa y se sentó en la camilla. Cuando logró sacarse de la cara la sábana
que lo cubría, vio como los dos practicantes corrían por el fondo del pasillo
gritando. Pasaron por al lado de la viejita, que se acercaba caminando
lentamente.
Se la quedó
mirando. Ella le sonrió, le agarró la mano y le dijo:
- No te levantes,
que vine a buscarte…
Los dos nuevos
practicantes, muertos de susto, llegaron a la oficina del médico interno y
exclamaban
- Está vivo…! El
señor del accidente está vivo…!
- Van a
discutirme a mi, pendejitos…? Yo soy el jefe de la guardia y dos estudiantitos recién
llegados vienen a decirme que me equivoqué al diagnosticar una muerte…?
- Es que se
levantó…! – los muchachos no paraban de gritar y gesticular
- Vamos a verlo… !

Cuando entraron
al pasillo, vieron la camilla. Con asombro vieron que no estaba vacía. Se veía
perfectamente el cartel que decía “N.N.” colgado del dedo gordo del pié
izquierdo.
El médico interno
lo destapo. Allí estaba él. Bastante frío, pálido violáceo, con los ojos sin
brillo mirando hacia arriba, y con una mueca extraña…
Muy buen relato Pampita. No me lo esperaba.
ResponderEliminarSi sabrás vos de bromas de iniciados.
Abrazo !
No te lo esperabas...? El final, el desarrollo o que yo escriba un buen relato...?
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