
Entraba al
boliche y se hacía inmediato silencio. Siempre se acomodaba en el mostrador en
el mismo rincón, lejos de la caja registradora, y pasaba su fiera mirada por
los presentes como autorizando su permanencia en el lugar.
Aunque nadie había osado enfrentársele, en varias oportunidades había verdugueado a algún vecino, que prontamente bajaba la cabeza y se retiraba para evitar daños mayores. Se contaban historias de muertes en combate, heridas terribles, y esa cicatriz de la cara, que todos discutían su origen pero nadie se animaba a preguntar cuándo y cómo se la hizo.
Ese día se levantó llegando el mediodía. Tomó unos mates que le preparó su vieja (vivió siempre con la madre, una anciana resignada que era la única capaz de enfrentar la convivencia con él) y salio a patear veredas por el pueblo, gozando con la sensación de poder que le producía ver a la gente cruzar la calle cuando él se aproximaba, o a los autos detener respetuosamente la marcha cuando ponía un pié en la calle. Le encantaba la cara de terror de la gente cuando los miraba fijo.
Al llegar al boliche repitió su rutina de siempre: se acomodó los pantalones, pasó su mano por las cachas de la Smith Wesson (caño largo) y miró a todos los concurrentes con su cara seria. Lo alertó el hecho que muchos se pararon y se comenzaron a alejar del mostrador, que otros se miraban entre ellos y murmuraban en voz baja. Entonces, lo vió. Sentado en “su” lugar del mostrador había un extraño. Un muchacho joven, más bien flaco, desgarbado, de pelo rubio largo, de rasgos suaves, casi afeminados, tomaba tranquilamente una gaseosa dietética mientras movía la cabeza al son de una callada música que salía de sus auriculares. Evidentemente, no era del pueblo. Nadie en Gobernador Virasoro se animaría a eso.
Se acercó lentamente apoyando su mano izquierda en la cintura y la derecha en la empuñadura de la Smith Wesson (caño largo). Su voz de trueno resonó en el boliche
- Rajá de acá, pibe…!
El muchachito ni
se inmutó. El silencio era absoluto. La atención de todos estaba en los sucesos
que se estaban desencadenando.
- Me escuchaste…? Movete de mi lugar…!
Lentamente, el
muchachito se quitó los auriculares, se pasó la mano por su rubio cabello,
sonrió y le preguntó
- Qué te pasa?
- Que te salgas de mi lugar! – su voz fue atronadora
Con absoluto desinterés, el rubiecito le contestó
- No me jodas…! – mientras volvía a poner sus ojos en el vaso de burbujeante gaseosa dietética

Todo fue rápido. Pata’e burro sacó la Smith Wesson (caño largo) empavonada y apuntó a la cabeza del pibe
- A ver…! Moviendo esas patitas…! A volar de acá…!
La gente inició una estampida que incluyó a mozos y encargado, temerosos de ser víctimas de alguna bala perdida. Pero la curiosidad los detuve en la puerta del boliche, del lado de afuera… Atentos a lo que se escuchaba esperaban el desenlace…
Se oyó la suave voz del rubiecito que decía
- Mirá la mira…!
- Qué…? – atronó la voz del malevo del Gobernador Virasoro
- Qué mirés la mira… - la voz del pibe seguía siendo suave, casi femenina…
- Y eso…? – Pata’e burro demostraba cierta incomprensión y mucha incredulidad en la voz
- Te digo que mires bien la mira, porque eso es lo que te va a rajar el culo…! – respondió la suave voz
Un “Oh…!” brotó
de la garganta de quienes estaban amontonados afuera esperando el desenlace…
A las palabras
siguieron un par de ruidos.

Quince minutos después, la gente seguía esperando en la puerta del boliche. Nadie se animaba a entrar…
Entonces salió Pata’e
burro… Cabeza hundida entre los hombros, sujetándose con la mano los pantalones
cuya parte posterior insinuaba una creciente mancha de color rojo vivo,
arrastrando los piés. Su mano izquierda dejo caer la Smith Wesson (caño largo).
Se fue caminando y nunca más nadie supo nada de él.