Seis y media me despierto. No importa a la hora que me duerma, no importa
lo cansado que esté, no importa que sea fín de semana… A esa hora me siento en
la cama. Me lleva unos 5 minutos ubicarme en el tiempo. Es feriado? Tengo que
ir a trabajar?

Cuando es feriado, no hay problemas: me vuelvo a acostar y duermo hasta la
hora que sea…
Si es día de semana, me levanto, agarro mis calzoncillos del último cajón
de la cómoda y, en silencio, salgo de la habitación y me meto en el baño. Me
siento en el inodoro porque en el estado que estoy no tengo muy en claro qué
voy a dejar en el mismo. Espero 5 minutos mientras dormito, a la espera del
resultado final.
Terminada la parte escatológica y, previo lavado de manos, me pongo el
calzoncillo, me cepillo los dientes, me lavo la cara y me peino. Mis anexos
cutáneos craneales son todo un problema: a pesar de ser pocos (muy pocos)
tienen la obstinada tendencia a pararse lo que me hace parecer a Larry (el
amigo de Curly y Moe). Entonces recurro al gel (bah! A la vieja gomina, nada
más que ahora viene suave, perfumada y unisex).

Terminado el “operativo baño”, voy al cuarto de huéspedes (mi mujer lo llama “el cuarto de los locos” porque suele estar absoluta y totalmente desordenado y la cama se esconde debajo de ropa por planchar y planchada). Allí está mi placard exclusivo. Bueno… Es un decir… Mi mujer descubrió que comprimiendo la ropa que tengo colgada allí, entran algunas blusas de ella… Del segundo estante, el que queda debajo del estante donde están las frazadas y los acolchados que invadieron el espacio, de ese segundo estante donde guardo cosas (estante rebautizado como estante de las porquerías", y que se encuentra arriba del estante de los sweters/bermudas/pantalones y camisas viejas, saco mi máquina de afeitar eléctrica.

Me voy en calzoncillos al líving (lugar más fresco de la casa), me siento
en un sillón cercano al enchufe, y, relajadamente, me afeito.
Terminado ese proceso, vuelvo al cuarto de los locos y me visto.
Normalmente repito el pantalón un par de días, pero camisas y medias, siempre
limpias.
Mientras estoy en el proceso de ponerme los zapatos (no sé por qué siempre
justo en ese momento) mi flaquita se levanta, con cara de sueño, y
generosamente me pregunta “Te preparo el desayuno…?” No más de una vez por
semana le digo que si. Las demás veces le respondo “No, gracias, mi amor… Sigue
durmiendo…” (el “sigue” no es un recurso lingüístico de la escritura, sino que
como ella es venezolana y yo soy multilingüe, cuando le hablo a ella , hablo de
esa manera). Si la respuesta es sí, me tomo un café (exquisito, café de verdad,
no instantáneo) con un par de tostadas con queso untable. Si la respuesta es no,
me preparo un café, me lo tomo mientras leo las noticias y los mensajes que
entraron durante la noche en mi “smartphone”, convertido en una herramienta
multiuso.
Después, paso por el dormitorio donde mi mujer, en cualquiera de los dos
casos (preparando o no el desayuno) está nuevamente durmiendo, le doy el beso
de despedida y parto rumbo al día… (continuará)