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Toda mi infancia giró alrededor de esa eterna y fantástica historia. Y también nuestros juegos… Excursiones al monte, a cazar cachalapongues, emboscadas para atrapar al ave lompa eran una rutina diaria en nuestros días de verano. Si hasta habíamos inventado una cámara fotográfica especial para cachalapongues, animales prácticamente imposibles de fotografiar salvo por esa cámara, que tenía la capacidad de sacar fotos “de emboquillada” o sea yendo a buscar la imagen del monstruo haciendo una curva por encima del monte de eucaliptos, un invento maravilloso producto de la creatividad de mi hermano Pablo.

Así el tiempo fue pasando, mi niñez se perdió y con ella los recuerdos de las historias y sus personajes fueron haciéndose cada vez más difusas y lejanas, hasta el hecho de resultarme casi imposible continuar con mis hijos el eterno relato de mi padre. Lo que cada vez era más firme era la imagen del cachalapongue. Los años fueron haciendo más nítida y clara su imagen. Era enorme, feo, baboso, peludo. Sus patas eran cortas y muchas por lo que en general se arrastraba sobre su panza dejando su baba impregnada. Toda su cara era boca, y cuando la abría se veían 4 filas de puntiagudos dientes chorreantes. Por supuesto, era una imagen tan desagradable que no podía fabricar un cuento para mis hijos alrededor de ella.
Claro, era un animal imaginario, y como tal, podía hacerlo desaparecer y aparecer cuando quería, y tenía absoluto dominio sobre él. Si quería que avanzara, avanzaba; si quería que se irguiera manteniéndose derecho y apoyado solo en su cola y en algunas de sus patas traseras, lo hacía, y si quería que se fuera, se iba…
Era muy interesante la experiencia. Solo me concentraba y aparecía y me obedecía y cuando quería, desaparecía.
A veces pasaban meses sin que lo llamara, pero un día cualquiera lo recordaba, y lo llamaba con mi imaginación. Era una forma de sentirme unido a mis sentimientos infantiles. Era mi lazo con la niñez.
Pero hoy no fue así… Yo no lo llamé…
Mi mujer me dijo “Que noche espectacular! Viste la luna?” Decidí salir a echar una mirada y si, era verdad. Una noche espectacular, una luna redonda, perfecta, luminosa…
Me acosté en el suelo de la terraza aprovechando el agradable fresco de la noche y comencé a gozar del espectáculo, buscando relajarme después de un día lleno de problemas en el trabajo y pensando en mis tres hijos, ya adultos, cada uno en su mundo, con sus propias familias.
Todo comenzó lentamente… De pronto comencé a sentir una sensación rara y algunos temblores en el cuerpo que no se condecían con la temperatura reinante. Y comenzó a invadirme una lejana pero conocida sensación de vacío… El cielo se fue lentamente convirtiendo en pared, la luna en agujero y sentí que me hundía cada vez más en las profundidades de ese pozo… “Tranquilo!” pensé, “Este juego lo conozco…”
En poco tiempo estuve absolutamente solo en el fondo del pozo, la salida era inalcanzable y yo recuperaba esa sensación infantil de placer y miedo, de angustia y alegría que había olvidado por completo… Por unos instantes me sentí feliz de recuperar esa linda parte de mi niñez…
De repente, sin que nadie lo llame, apareció por el borde del agujero la horrible imagen del cachalapongue. Por supuesto, no me inquieté mayormente: yo a ese lo manejaba como quería…!
El cachalapongue comenzó a acercarse lentamente, hasta que ya se podía ver claramente su aspecto inmundo, sentir su aliento asqueroso y hasta la humedad de su baba. Había llegado el momento de mandarlo de vuelta afuera de mi memoria. Pero por más que me esforzaba, no lograba alterar su rumbo ni hacerlo desaparecer.
Ya lo tenía prácticamente encima. Su boca llena de dientes se abrió como en un bostezo. Yo seguía esforzándome por salir de ese rincón maldito de mi imaginación…
Llame a Sigfrido y a Segismundo, pero no me escucharon… Busque desesperadamente mi cuchillo pero no lo encontraba…
Fue en ese momento que apareció por el borde del agujero-luna la cara de Carlitos, que riéndose sarcásticamente, gritaba “Se lo comió...! Se lo comió…!