
Rápidamente se
identificó con los cronopios y pasó a desdeñar a famas e ignorar a esperanzas.
Pasó el tiempo y,
a lo sumo, una vez por año, buscaba ese libro y lo leía deteniéndose para
repetir de memoria cada frase.
Su recorrido
literario fue pasando por diversos escritores, pero siempre regresaba al libro
original.
Con la edad, se
fue mimetizando con sus historias, y ahora, a los 70, consideró que había
llegado el momento de consagrarse oficial y públicamente con el título de
Primer Cronopio.
Comenzó por
llorar. Dirigía la imaginación a sí mismo. Cuando llegaba el llanto, se tapaba
la cara con las manos hacia adentro y contaba hasta 180, ya que esa era la
duración correcta de un buen llanto.
Una mañana se
aterrorizó al ver una diminuta imagen de coral formada con la pasta dentífrica
sobre el cepillo de dientes. Más miedo sintió cuando le comenzó a doler una
muñeca y al sacarse el reloj vio que de la marca de los dientes comenzó a manar
sangre.
Trató de
serenarse, sujetó el reloj con una mano y con dos dedos comenzó a girar la
llave de la cuerda y se abrió otro plazo y el tiempo como un abanico se fue
llenando de sí mismo y de él brotaron el aire, las brisas de la tierra, la
sombra de una mujer, el perfume del pan.
Comprendió que
estaba preso en el libro. Pero no era una cárcel, era un refugio. Y comprendió
que él era el regalo para el reloj…!
Agachándose y
poniendo la mano izquierda en una de las partes verticales, y la derecha en la
horizontal correspondiente, entró en posesión momentánea de un peldaño o
escalón. Comprendió entonces que el suelo se había plegado y era una sucesión
de peldaños. Cada uno de estos peldaños, formados por dos elementos, se situaba
un tanto más arriba y adelante que el anterior, principio que da sentido a la
escalera, ya que cualquiera otra combinación producirá formas quizá más bellas
o pintorescas, pero incapaces de trasladar de una planta baja a un primer piso.
Adivinó
que, a pesar de su cárcel-refugio, las hormigas se comerán inexorablemente a
Roma salvo que alguien haga algo. Decidió no hacer la vista gorda. Primero
buscó la orientación de las fuentes y las marcó con un círculo azul que, sin
duda las dejará a todas adentro. Después solo quedó horadar la piedra opaca. Y
no pidió ayuda a nadie, nunca. Mató las hormigas con sólo llegar antes a la
fuente central. Y se fue en un tren nocturno huyendo de lamias vengadoras, oscuramente
felices, confundido con soldados y con monjas.
Un domingo por la tarde, después de los ravioles
comenzó una construcción en el jardín delantero de su casa. Aunque nunca le
preocupó lo que puedan pensar los vecinos, era evidente que los pocos mirones
suponían que iba a levantar una o dos piezas para agrandar la casa. No
comprendían ni reconocían en su obra lo que verdaderamente era: un patíbulo.
Pero abandonó porque no tenía un lechón adobado parta festejar el fin de obra,
lo que dejo a los vecinos muy molestos.
Pensó en la
vulgaridad generalizada, especialmente de esos vecinos, de la que él y su
familia eran terribles enemigos. Por eso cuando escuchaba en la cantina frases
como “Fue un partido de trámite violento”, o: “Los remates de Faggiolli se
caracterizaron por un notable trabajo de infiltración preliminar del eje medio”,
inmediatamente dejaba constancia de las formas más castizas y aconsejables en
la emergencia, es decir: “Hubo una de patadas que te la debo”, o: “Primero los
arrollamos y después fue la goleada”.
Cada vez se
sentía más protegido en su libro-cárcel-refugio. Eso lo animó a ir a la
sucursal de Correos de la calle Serrano y repartir globos de colores y enviar
giros a lugares como Purmamarca, completando su obra con un reparto de
empanadas y grapa, y logrando cantar el Himno antes que llegara la policía.
Una mañana se
levantó preocupado por el destino de los pelos que caían en el lavabo. Imaginó
la dificultad de reencontrarlo, lo complicado de la búsqueda por las
alcantarillas, pero se consoló pensando que, con suerte, a pocos centímetros de
la boca del lavabo, a la altura del departamento del segundo piso, o en la
primera cañería subterránea, puede suceder que encuentre el pelo. Con solo
pensar en la alegría que eso le produciría, en el asombrado cálculo de los
esfuerzos ahorrados por pura buena suerte, para escoger, para exigir
prácticamente una tarea semejante, que todo maestro consciente debería
aconsejar a sus alumnos desde la más tierna infancia, en vez de secarles el
alma con la regla de tres compuesta o las tristezas de Cancha Rayada.
Esa noche recordó
a su tía, la que tenía miedo de caerse de espaldas, pero recordó el tácito
pacto familiar de no averiguar nada al respecto.
Por supuesto que
el posatigres constituía una obsesión en su vida. Sabía que el tema planteaba
un doble problema, sentimental y moral, pero en su biblia-libro-carcel-refugio
estaban todas las respuestas a todas las preguntas y la solución a todos los
dilemas. Sabia que posar el tigre tiene algo de total encuentro, de alineación
frente a un absoluto; el equilibrio depende de tan poco y lo pagamos a un
precio tan alto, que los breves instantes que siguen al posado y que deciden de
su perfección nos arrebatan como de nosotros mismos, arrasan con la tigredad y
la humanidad en un solo movimiento inmóvil que es vértigo, pausa y arribo.
Después de mucha
práctica logro identificar cuando en un patio cubierto o en la sala se han
armado los trípodes del camelo en algún velorio. Y aprendió, con mucha práctica
a realizar maniobras para adueñarse del mismo, incluyendo los llantos de la
familia, los desmayos y el cadáver mismo.
Después de esas
experiencias mortuorias, entraba en un café y pedía azúcar, otra vez azúcar,
tres o cuatro veces azúcar, y formaba un montón en el centro de la mesa,
mientras crecía la ira en los mostradores y debajo de los delantales blancos, y
exactamente en medio del montón de azúcar escupía suavemente, y miraba
embelezado el descenso del pequeño glaciar de saliva, oyendo el ruido de
piedras rotas que lo acompañaba y que nacía en las gargantas contraídas de
cinco parroquianos y del patrón, hombre honesto a sus horas.
Reconozcamos que,
al principio, consideraba que era un secuestro, que el libro le estaba privando
de la libertad, pero finalmente terminó por comprender que era justamente lo
contrario: el libro le garantizaba libertad, la máxima libertad, la libertad de
los cronopios.
Alguna vez se le
ocurrió que el libro se reproduciría y sería millones, y taparía ciudades y
maizales y los presidentes se pondrían en contacto para evitar el desastre,
pero la razón le indicó que el libro no se reproducía y que los escribas cada
vez eran menos, así que no existía ese peligro. Trató de convencer a las gotas
que no se suicidaran, pero fue imposible. Brotaban en el marco y ahí mismo se
tiraban; le parecía ver la vibración del salto, sus piernitas desprendiéndose y
el grito que las emborrachaba en esa nada del caer y aniquilarse. Tristes
gotas, redondas inocentes gotas.
Algunas mañanas
recordaba cuentos sin moraleja, de las famas que se pasaban el día bailando
tregua y catala frente a los almacenes, hasta que las esperanzas le daban flor
de golpiza mientras los cronopios se aglomeraban para ver. Otras veces se
entristecía frente a una multitud de famas que remontaba Corrientes a las once
y veinte y él, objeto verde y húmedo, marchaba a las once y cuarto meditando
"Es tarde, pero menos tarde para mi que para los famas, para los famas es
cinco minutos más tarde, llegarán a sus casas más tarde, se acostarán más tarde”.

Se preocupaba al recordar que los famas guardaban los recuerdos en forma ordenada… Pobres…! El acostumbraba a dejarlos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasaba corriendo uno, lo acariciaba con suavidad y le decía: "No vayas a lastimarte", y también: "Cuidado con los escalones". Los vecinos se quejan siempre porque en su casa hay gran bulla y puertas que golpean, al contrario de la casa de los famas, que son ordenadas y silenciosas.
Un día comenzó a
notar que el libro ya no era su cárcel-refugio. El se estaba convirtiendo en el
libro. El comenzaba a ser el refugio de esas páginas que se le grabaron de los
pies a la cabeza.
A cada rato
consultaba su reloj alcaucil, que era uno de la gran especie, sujeto por el
tallo a un agujero de la pared. Las innumerables hojas del alcaucil marcan la
hora presente y además todas las horas, de modo que él no hace más que sacarle
una hoja y ya sabe una hora. Como las va sacando de izquierda a derecha,
siempre la hoja da la hora justa, y cada día empieza a sacar una nueva vuelta
de hojas. Al llegar al corazón el tiempo no puede ya medirse, y en la infinita
rosa violeta del centro encuentra un gran contento, entonces se la come con
aceite, vinagre y sal, y pone otro reloj en el agujero.
Evidentemente no
solo era cronopio. Ya casi era libro, era historias y vivencias de cronopio. Y
las famas y las esperanzas convivían en él, lo que comenzó a desesperarlo.
Aplicando sus
descubrimientos estableció que el fama era infra-vida, la esperanza para-vida,
y el profesor de lenguas inter-vida. En cuanto él mismo, se consideraba
ligeramente super-vida, pero más por poesía que por verdad. A la hora del
almuerzo gozaba en oír hablar a sus contertulios, porque todos creían estar
refiriéndose a las mismas cosas y no era así. La inter-vida manejaba
abstracciones tales como espíritu y conciencia, que la para-vida escuchaba como
quien oye llover -tarea delicada. Por supuesto, la infra-vida pedía a cada
instante el queso rallado, y la super-vida trinchaba el pollo en cuarenta y dos
movimientos, método Stanley Fitzsimmons.
Entonces se dedicó
a robar las mangueras de los famas. Las azules se las regalaba a las niñas, con
las amarillas adornó monumentos. Las verdes sirvieron para tender trampas
africanas en el rosedal. Las rojas fueron a parar a las manos de las esperanzas
que las buscaban ansiosas para regar sus jardines verdes. Finalmente logró que
las famas cerraran la fábrica no sin antes dar un banquete lleno de discursos
fúnebres y camareros que servían el pescado en medio de grandes suspiros. Y,
por supuesto no lo invitaron.
Pensó que llegaba
el final… Ya no era él. Era letras, palabras, frases…
Recordó a su
hijo… Y a su padre… Los cronopios no tienen casi nunca hijos, pero si los
tienen, pierden la cabeza y ocurren cosas extraordinarias. Por ejemplo, un
cronopio tiene un hijo, y en seguida lo invade la maravilla y está seguro de
que su hijo es el pararrayos de la hermosura y que por sus venas corre la
química completa con aquí y allá istas llenas de bellas artes y poesía y
urbanismo. Entonces este cronopio no puede ver a su hijo sin inclinarse
profundamente ante él y decirle palabras de respetuoso homenaje. El hijo, como
es natural, lo odia minuciosamente. Cuando entra en la edad escolar, su padre
lo inscribe en primero inferior y el niño está contento entre otros pequeños
cronopios, famas y esperanzas. Pero se va desmejorando a medida que se acerca
el mediodía, porque sabe que a la salida lo estará esperando su padre, quién al
verlo levantará las manos y dirá diversas cosas, a saber:
-Buenas salenas cronopio cronopio, el más bueno y más crecido y más arrebolado, el más prolijo y más respetuoso y más aplicado de los hijos!
Con lo cual los famas y las esperanzas junior se retuercen de la risa en el cordón de la vereda, y el pequeño cronopio odia empecinadamente a su padre y acabará por hacerle una mala jugada entre la primera comunión y el servicio militar. Pero los cronopios no sufren demasiado con eso, porque tambien ellos odiaban a sus padres, y hasta parecería que ese odio es otro nombre de la libertad o del vasto mundo.
Cuando comprendió
esa realidad, vió claramente que era mucho mejor ser libro que ser lector. El
lector es esclavo del libro mientras que el libro es dueño de la libertad de
sus palabras…