De todo...

Algunas imágenes, poemas y escritos son de terceros, quienes podrán disponer su eliminación cuando lo deseen.

Planté algunos árboles, tuve 3 hijos y 3 nietos, estoy listo para escribir mi libro...

Planté algunos árboles, tuve 3 hijos y 3 nietos, estoy listo para escribir mi libro...

22/6/12

Ya está...!

Pasaron años para tomar la decisión y meses para llevarla a cabo. Largos meses de proyectar, hacer, preparar, coordinar, enviar... Con las tristezas de desprenderse de lo logrado con mucho esfuerzo y la esperanza de encontrar cosas mejores...
Es duro emigrar, pero también es duro regresar... Uno va creando lazos, afectivos y de los otros, que tiene que dejar atrás... Uno creó su propio entorno, su ambiente, su hogar, sus amigos, sus hábitos... Uno se insertó en el nuevo lugar y fué integrándose hasta convertirse en ciudadano del mismo. Yo pienso como venezolano. Mi mente funciona como venezolano, Ya estoy acostumbrado a todo, he incorporado y me he incorporado a esa cultura caribeña tan diferente a la nuestra.
Con mucho dolor vendí mi departamento, el que fue mi refugio, mi referencia, mi hogar.
Y, sin dudas, mucho más difícil es para mi mujer. Ella nació allá, su familia está allá, sus lugares, rincones y recuerdos están alla. Y de repente, un día, debe dejar todo en pos de un sueño que no siermpre se parece a la realidad...
El asunto es que nos desprendimos de mucho, cargamos algunas cosas en nuestra mochila y nos vinimos.
Debo reconocer que mi familia se portó demasiado bien, nos tuvo demasiada paciencia, nos ayudó a acomodarnos, nos alienta permanentemente.
Estuvimos un tiempo en un departamentito ubicado en Palermo, con toda la mudanza embalada en cajas y dedicados a buscar dónde vivir, cómo vivir y de qué vivir...
Buenos Aires no me recibió con los brazos abiertos... No es la ciudad que recordaba, ni es la que veía en mis breves viajes turísticos... Es una ciudad dura para vivir...Y, encima, San Lorenzo peleando el descenso...!
Es increible, pero llegué hace 2 meses y todavía no vi a mis amigos de siempre, no fuí a mis lugares preferidos. Ni siquiera fuí a la cancha, cosa totalmente inexplicable dadas las circunstancias.
Mi cabeza está metida en mudanzas, búsqueda de trabajo, reparación de desórdenes impositivos y cosas aún más aburridas y engorrosas que eso.
Por suerte, en mi vida fuí sembrando afectos que ahora estoy cosechando. Conseguí un trabajo mal remunerado pero muuuuuy interesante en un lugar muy atractivo y con gente espectacular. Ya alquilé un departamento a la vuelta de mi amigo Dany (uno de los pocos fieles lectores de estos escritos), a quien, como era esperable, todavía no ví. Y ya tomé contacto con otros amigos de la infancia o gente que, por una u otra razón, quedo ligada en su momento a mi, y espero conseguir trabajos complementarios que me alivien la carga y me permitan vivir dignamente.
Pero extraño. Extraño mucho... Extraño el ritmo de vida cotidiano de Puerto Ordaz, Extraño esa naturaleza explosiva y siempre a la vista, extraño las playas del Caribe, extraño ese calor permanente, extraño los sonidos del habla venezolana y la picardía de sus dichos. Extraño a mis amigos de allá, extraño a la familia de mi mujer y esas habituales reuniones de sancocho, parrilla, pescado con bola de platano, mientras la música llanera o los vallenatos suenan en forma permanente. Extraño las arepas, las cachapas, el pabellón criollo y otros manjares venezolanos. Creo que hasta extraño al Comandante Chavez y sus larguísimas cadenas radiotelevisivas...
Estoy viviendo una dicotomía existencial... Quiero estar acá y allá... Quiero ir un día a caminar por la Recoleta y después irme a Playa Parguito a bañarme en el Mar Caribe...
Yo siempre me sentí argentino, pero en realidad, hoy soy "argentizolano"... No lo puedo evitar...!
Solo espero que Buenos Aires me dé aunque sea la cuarta parte de lo que me dió Ciudad Guayana... Con eso me conformo... Y espero que la flaca se acostumbre y vuelva a tener esa sonrisa que hacía brillar el mundo y que ahora aparece de cuando en cuando y bastante atenuada...

9/1/12

Esperando la hora...

Venezuela es un bello país... Me enseñó muchas cosas... Aprendi un nuevo significado de las palabras, una nueva entonación. Aprendí que es mentira que Argentina es el país más rico de Sudamérica. Para decir eso nos basamos en nuestro potencial para producir alimentos y nuestra variedad de paisajes, sumamente disímiles y encantadores. Pero tremenda sorpresa te llevas cuando llegás a un país que mirábamos por sobre el hombro y de reojos, y te encontrás con un país que está practicamente flotando en petroleo, que tiene inmensas minas de oro y diamantes, que tiene un Mar Caribe azul y transparente que baña playas de ensueño, que tiene un paisaje único en el mundo como es la Gran Sabana, que tiene tambien los mismos Andes que tenemos nosotros con una belleza espectacular. Y tiene un pueblo muy especial. Siempre hay tiempo para una rumba, una cerveza y una reunión de amigos.
Por supuesto, hay pobreza, y mucha, y la inoperancia y desinteres de los gobernantes de la última mitad del siglo XX para combatir las enormes desigualdades y la concentración de las riquezas crearon, por reacción una esperanza llamada Comandante Chávez, que se ha adueñado totalmente del poder. Pero la idea no es hablar de política, así que acá termina mi referencia al tema.
El asunto es que, como todo, los ciclos concluyen. Y yo hace un par de años comencé a sentir que mi ciclo venezolano estaba terminado.
El hecho de estar en pareja con una muchacha venezolana me resultaba una traba para tomar decisiones, pero mi familia, mis afectos, mis lugares, mis olores, mis sonidos, mi San Lorenzo, tiraban cada día más.
De golpe, un buen día, mi mujer dijo "Y si nos vamos para la Argentina?", frase mágica que lanzó a correr mi imaginación a la misma velocidad que mis pulsaciones
Entonces, ese proyecto fué germinando hasta que desembocó en la decisión definitiva. Este año es el año del retorno... Después de 15 años, regreso para quedarme...
La sola idea me hace feliz. Ya comencé el operativo. Tengo en venta el depto. donde vivimos, la boutique de ropa que tiene mi mujer y el auto, que es de ella y que ella quiere convertir en otro auto en Argentina, cosa que a mi no me disgusta.
La decisión está tomada y el proceso está iniciado.
No sé dónde voy a vivir, cómo voy a complementar mi jubilación, pero sé que voy a ser feliz.
Tengo la enorme responsabilidad de hacer que mi pareja se adapte y también sea feliz. Es una tarea dura porque las diferencias culturales y de forma de vida son muchas, pero me tengo fe.
En resumen, vuelvo a casa...!
Si abandono temporariamente este espacio es, simplemente porque estoy abocado a la tarea de volver. Pero cuando pueda, seguiré escribiendo.
Se me ocurrió contarles esto porque varios me preguntaron si había abandonado el blog. Y les respondo que NO, que simplemente estoy ocupado en volver...
Nos vemos...

14/9/11

Las moscas...


Me siento frente a mi computadora portátil para tratar de escribir algo.
Este calor de Puerto Ordaz a veces se pone insoportable. Y no me brotan las ideas. Ni siquiera sé si quiero escribir un poema, un cuento o relatar un viaje… Solo sé que tengo que escribir algo.
Me concentro, trato de pensar y la mosca comienza a dar vueltas alrededor de mi mano izquierda. La miro fijo. Ella me estará mirando con sus miles de ojos? Me imagino que debe verme como a través de un prisma. Se para en mi dedo índice. Dejo la mano quieta a ver que hace. Camina desorientada, seguramente esperaba otra cosa… Va hasta la punta del dedo y regresa hacia el dorso de mi mano. Apenas me muevo y se vuela.
Vuelvo al teclado. Tengo que definir qué escribir. La verdad es que no se me ocurre nada pero quiero. Ahí viene otra vez mi mosca. Después de dar dos o tres giros por encima de mi mano, se posa suavemente y se anima a caminar lentamente por el dorso de la misma. Sus 6 patas peludas parecen moverse sincronizadamente, de tal manera que apenas si siento un suave roce. Se detiene y con elegancia estira su ala izquierda ayudada por la pata trasera. Me está mirando ahora con el otro ojo. Me reconocerá?
En el preciso momento en que comienza a llover, levanta vuelo y se pierde en las inmensidades de la sala.
De nuevo al teclado y la pantalla… Poema seguramente no, porque es más difícil escribir versos sin inspiración y el calor la ahuyenta. Dónde estará mi mosca? La busco por la sala pero no la veo. Es decir, veo a tres moscas paradas en el techo, como estudiándome, pero siento que ninguna de ellas es mi compañera. Son extrañas evaluando el campo.
Trataré de pensar en algo que me haya sucedido, lo matizo un poco y hago algo parecido a un cuento. Muchas veces ese recurso me dio resultado. Allí está… La reconozco enseguida… Ahora se paró en mi mano izquierda y no camina. Solo me mira. Creo que está esperando a ver qué escribo. Muevo la mano para pulsar una tecla y se vuela.
A ver… Me acuerdo cuando éramos chicos y mi primo se cayó del caballo pegando la cara contra un tronco y se levantó todo ensangrentado y sus primeras palabras, dichas con orgullo fueron “Esto no es por no saber andar a caballo…!” Alrededor de eso puedo hacer un cuento. Mi mosca vuelve a sacarme de tema. Esta vez se para en mi frente. La vi pasar y sentí cuando se posaba. No está al alcance de mi vista pero la siento caminar, muy suavemente de derecha a izquierda. Se para, gira, regresa unos pasos. Cómo se verá mi cara desde ese lugar? Mi nariz debe lucir como un volcán…! La alejo con mi mano con cierto remordimiento por no poder explicarle lo que pasa.
Ya no me gusta el tema de mi primo. Bueno, el tema del caballo. Ahora recuerdo cuando estábamos de visita en un campo vecino y nos pusimos a jugar a la escondida. Eran las 7 de la tarde y estábamos en ese intermedio entre el día y la noche. Había luz pero poca, estaba oscuro pero no del todo. Mi primo decidió esconderse detrás de un árbol sin darse cuenta que entre el árbol y él había un pequeño cerco de alambre tejido. Salió disparado y se incrustó literalmente en la cerca. Tanto que uno de los zapatos quedo metido hasta la mitad en uno de los espacios del alambre tejido y una de las puntas de alambre de su borde superior se le clavó justo debajo del ojo. Todo un acontecimiento para nuestros 10 años de edad. Y volvió mi mosca. Esta vez se paró frente a la pantalla, en la letra “G” del teclado, y se puso a mirar con sus múltiples ojos la pantalla… Me da vergüenza pensar que desde la primera vez que vino hasta ahora no he escrito nada. Seguramente se aburrió porque voló rápidamente.
Ahora nos solo hacía calor, sino que además, la lluvia había derramado un manto de humedad que hace insoportable el ambiente. Las tres moscas del techo no están más allí… Seguramente están tramando algo…
Con esfuerzo, trato de concentrarme nuevamente pero la idea de la mosca comentándole a las otras tres que en toda la tarde no había escrito nada me molesta. No es justo que me juzgue por eso cuando fue ella la que me distrajo…!
Me imagino a las cuatro moscas riéndose de mí y me siento que mi humor empeora rápidamente. Es una turrada que esas cuatro bichas se pongan en jueces de mi trabajo…!
Trato de sacarlas de mi cabeza y volver al teclado y la pantalla. No hay caso, no se me ocurre nada… A mí, que siempre hice las mejores composiciones en el colegio, no puede pasarme eso…!
No sé por qué razón, siempre busco historias que me ocurrieron cuando estaba entre los 10 y los 12 años. Trato de ir para adelante en el tiempo. Ahora me estoy poniendo de novio por primera vez. Cumplía 15 años e invité a la vecina de arriba a la fiesta. Esa vecina me tenía estúpido desde hacía tiempo. Cuando salía para el colegio la veía en la esquina con su hermana esperando el colectivo y a partir de ese momento, me perseguía su imagen durante todo el día. Apenas si un “Hola” todas las mañanas y después de regresar del colegio la atención puesta en reconocer sus pasos, repicando en el techo. Puede ser un lindo cuento, medio romanticón, pero sirve. Y allí están las moscas. Esta vez vinieron las cuatro. Como sincronizadamente se paran dos en el teclado y una en cada una de mis manos. Enseguida reconozco a mi compañera. Me está mirando con uno de sus multiojos mientras que con el otro mira la pantalla. Camina unos pasos hacia mi muñeca. Levanta la cabeza, me mira a los ojos y y la mueve de derecha a izquierda como diciéndome “No hay caso…!” Las otras tres se ríen a carcajadas.
Evidentemente, hoy no es un día para escribir.

25/8/11

Ella y él...

Ella no lo quería… Sinceramente no lo quería… Más aun, lo detestaba, sentía asco de sus antes tolerables defectos. Su calva le recordaba a Larry, el de Los Tres Chiflados; su creciente barriga hacía que lo viera como un sudoroso (muy sudoroso, demasiado sudoroso) Buda que se le metía por la noche en la cama para ver televisión, importunarla y no dejarla dormir con los ronquidos; su manera de ser la aburría soberanamente…
El sí la amaba… Ella era toda su vida… Desde el momento que la conoció su alma se colgó de ella… Todo lo que hacía lo refería a ella. “Le gustará?”, “Le parecerá bien?”. El se consideraba un buen tipo. Todas las mañanas iba a trabajar a la fábrica, tenía una posición si bien no holgada, por lo menos sin grandes carencias, evitaba los despelotes, se alejaba de los sindicatos, eludía todo lo que tuviera que ver con la política. El quería solamente una vida tranquila y feliz con ella y ella era fundamental para tener una vida tranquila y feliz. Estaba seguro de ella, de su amor. Y nunca le fue infiel, ni siquiera en sus pensamientos. Hasta en sus sueños más morbosos ella era la protagonista. No veía ningún quiebre en la relación. Para él, las cosas estaban cada vez mejor.
Los días de ella eran eternos, tristes y aburridos. Se levantaba a cebarle mate al gordo de mierda, le hacía unas tostadas “a ver si alguna vez la barriga le explota y me deja en paz”, Lo despedía con una inmensa alegría al pensar que no lo volvería a ver hasta las 7 de la tarde. Después llamaba a su mejor amiga y descargaba en ella toda su frustración. No trabajaba porque él decía que “las reinas no trabajan”. Una vez intentó retomar sus estudios (le faltaban 4 materias para graduarse de Asistente Dental) pero él hizo todo lo posible por complicarle la cosa, y lo logro, como normalmente ocurre. Siempre tenía éxito en cagarle la vida. Cada vez que recordaba verlo entrar en la tienda donde intentó trabajar en una época no muy lejana, con esa cara de boludo, diciéndole “Vengo a verte para que no te sientas sola, te traje este chocolate. No entiendo qué hacés en este lugar trabajando por un sueldo de mierda que es menos que lo que gastás en la mujer que contrataste para limpiar y planchar…!”, todos los días igual, todos los días exactamente igual, todos los días inaguantablemente igual, hasta que logró que renunciara y retornara cabizbaja a la rutina hogareña, sentía que el odio crecía más y más en su interior. Maldecía permanentemente el momento en que le hizo caso a su hermano mayor, que le dijo que le iba a presentar a un tipo buenísimo, un pan de Dios, y le presentó a ese pibe, todavía no tan calvo, todavía no tan barrigón, pero ya con cara de estúpido. No se perdonaba haber caído en la trampa. Se insultaba a si misma cuando trataba de encontrar alguna razón que justificara el haberse casado con él y no la encontraba.
El era feliz. “Para que te vas a meter en quilombos? Lo mejor es mantenerse lejos de ellos!”. Se tomaba los mates que su adorada esposa le cebaba, se comía esas deliciosas tostadas preparadas con gran amor y se iba a trabajar pensando en lo mal que ella se quedaba porque la dejaba sola hasta la noche. La tenía como una reina. Eso lo enorgullecía y sabía que ella estaba orgullosa por esa razón. Cada vez que la miraba a los ojos veía en ellos el amor y el agradecimiento por haberle evitado el fastidio del estudio. Recordaba cuando ella tuvo esa estúpida idea de trabajar en una tienda. Por suerte el no la dejó sola. Iba a verla a la tienda con chocolates y trataba de explicarle lo irracional que era trabajar, hasta que, finalmente, ella comprendió y regresó a la felicidad del hogar. Se acordaba del día que su amigo, que después sería su cuñado le dijo “Esta noche no te comprometas, que te voy a presentar a mi hermana, que está loca por conocerte”. Estaba orgulloso de haberla conquistado, de haberla seducido. Realmente habían logrado construir una bella pareja.
Ella estaba agobiada de aburrimiento. Fregaba, limpiaba, lavaba y planchaba como una autómata mientras su mente volaba por sueños imposibles, por dimensiones inalcanzables. Todos los días almorzaba sola y después se sentaba frente al televisor con el control en la mano recorriendo todos los canales que el cable le brinda. Empezaba de abajo hacia arriba. Cuando llegaba al último canal (el 92), comenzaba el retroceso. Escuchaba inglés, alemán, italiano, portugués, árabe, español caribeño, español paraguayo, español chileno, español rioplatense. Había logrado reconocer todos los idiomas. Su juego habitual era cerrar los ojos, apretar teclas al azar del control y adivinar qué canal era. Se había convertido en una experta en eso. A las 6 y media su humor, ya malo de por sí, comenzaba rápidamente a empeorar. Comenzaba a calentar el agua para que el gordo de mierda se tome esos putos mates mientras ella comenzaba a preparar la cena. Por suerte el estúpido quiere comer siempre pasta a la bolognesa. Hace meses que cenan  (bah! Que él cena, porque ella ya no tiene hambre a la noche) esa maldita pasta a la bolognesa. Lo único bueno es que solo tiene que meter la pasta en el agua hirviendo mientras pone carne picada de segunda (no vale la pena gastar pólvora en chimangos y menos en ese chimango gordo) en otra olla más pequeña, con un cubo de caldo, un poco de salsa de ajo y puré de tomate de lata, después mezcla todo en un fuentón y el tarado piensa que está comiendo una cena “gourmet”…
Pero esa noche iba a ser diferente. Ella había programado todo meticulosamente. Con mucho cuidado había enganchado una de sus remeras preferidas (decidió que era un daño colateral aceptable) del cable de televisión que pasaba cerca del borde del balcón del piso de arriba… Además, dejó afuera, como al descuido un banquito de la cocina… Esta vez, el gordo tendría postre después de cenar…
El llegó como todos los días, tomó mate como todos los días, como todos los días se sentó a ver televisión mientras su mujercita, en su afán de complacerlo, preparaba ese exquisito spaghetti a la bolognesa que a él tanto le gustaba. Lo único que notó es que ella estaba ese día más sonriente que lo habitual. Agradeció a Dios haberle dado una esposa que lo quisiera tanto!
Ella espero pacientemente a que él se pusiera ese horrible piyama que ya le quedaba chico y dejaba ver su inmunda barriga. Incluso esperó que se metiera en la cama. Entonces fue que lo llamó “Gordo, mi amor…! Podés ayudarme? El viento hizo volar mi remera y se quedó colgada del cable de la tele…”
El se levantó pensando que las mujeres no podrían sobrevivir sin un hombre al lado. Salió al balcón y comprobó que no alcanzaba a agarrar la remera. Intentó con un palo de escoba, pero ella había hecho muy bien el trabajo. “No alcanzo…!” le dijo. Ella puso su mejor cara de compungida y le respondió “Dale…! No seas malo…! No se te ocurre algo?”
“No hay caso…! Sin los hombres no sé cómo se las arreglarían” se dijo para sí. Entonces vio el banquito que, casualmente, alguien había dejado en el balcón y comprendió que otra vez tendría la oportunidad de demostrarle a su reina que él la complacía en todo. Colocó el banco pegado a la baranda del balcón y con una gran sonrisa se subió a él dispuesto a desenganchar esa remera que tanto desvelaba a su dulce compañera…