De todo...

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Planté algunos árboles, tuve 3 hijos y 3 nietos, estoy listo para escribir mi libro...

Planté algunos árboles, tuve 3 hijos y 3 nietos, estoy listo para escribir mi libro...

1/8/11

De Vegas a Europa...!


(Este es un cuento, pero cualquier similitud con nombres y personas reales no es casualidad)

La verdad es que probé de todo en mis 18 años… Fui boyero en un tambo a los 12 ayudando a mis viejos, a los 17 ya amansaba baguales y ahora trabajo. Pero no es lo mío…!
Recién ahora estaba comenzando a agarrar un rumbo. Recién ahora tenía claro qué quería: iba a ser famoso, un famoso futbolista de esos que andan en autos importados y salen con chicas de cabaret.
Después de un año de entrenar duro y parejo y de partidos bien jodidos, estábamos a punto de llegar a nuestro final feliz: ganar la Copa Regional del Oeste Bonaerense.  Ese domingo se jugaba la final! El rival era un equipo de Henderson, que, según las malas lenguas, era regularón nomás.

Era la gran chance para que me vieran…! Habría “espías” de varios lugares… Seguro que de Barracas Bolívar iba a haber alguno, y jugar en la “C” era un buen comienzo… Incluso se decía que iban a venir de Platense y de Chicago…! Se imaginan…! De las calles de tierra de Herrera Vegas, ese caserío que había crecido alrededor de la estación de tren, de un salto al asfalto grande…! Ya los trenes,  los dos viejos Midland, uno de ida y otro de vuelta, que venían de al lado de la capital, de Puente Alsina, y pasaban por Vegas rumbo a Carhué para el lado de La Pampa, no existen desde hace tiempo. La famosa “modernidad” los hizo desaparecer y Vegas es ahora un rancherío con una casilla telefónica, una panadería, un almacén de Ramos Generales, un taller mecánico, una carnicería, una escuela primaria, una comisaría, la delegación regional, la vieja estación, ahora usada para otras cosas, y unas pocas casas… Ni venta de combustible tiene…! Por supuesto, sus 4 calles son de tierra…! Ah! Y tiene una plaza que hace poco cambió de nombre. Yo no me sé bien el cuento, pero parece que el que la hizo, mucho antes de yo nacer, era un tipo importante que, además construyó unas cuantas casitas en el pueblo, pero era de la contra del partido al que pertenece el delegado actual, entonces le cambió el nombre. Le puso Plaza San Martín. Pero para todo el pueblo la sigue llamando “la Plaza de Don Paco”.
 Mis viejos son de allí, nací en el Hospital de Bolívar, en Vegas hice la primaria y no seguí estudiando porque tenía que trabajar y, además, para qué si lo mío era triunfar en el futbol… En Vegas laburo, como ya les conté al principio. Conseguí un trabajo exclusivamente de mañana, en la escuela. Soy una especie de “arreglatodo”. Durante todo el año me levanto a la mañanita, a eso de las 5, corro una hora levantando polvareda por las calles del pueblo con mi bombacha remendada y mis alpargatas bigotudas llenas de tierra, después unos mates y a las 6 y media de la mañana ya estoy limpiando la escuela, arreglando los bancos rotos, cortando el pasto, y todas esas cosas. Preparo la bandera bien doblada para que los gurices la icen en el mástil que hay en el frente.
Termino al mediodía. Un rato después que los chicos salieron gritando, yo salgo con mi bolso, camino la media legua que hay hasta la ruta, y ahí comienzan mis sueños.
Yo ya había decidido que este sería mi año…!
Con ese entusiasmo de saber que estaba por saltar a la fama, hacía dedo para llegar a Bolívar. Caminaba hasta el club y me comía mi almuerzo de siempre: un sánguche espectacular de un salamín traído de los pagos de Mercedes.
Las tardes empezaban 2 horas después de ese sánguche. Jugábamos dos partidos de 40 minutos y el entrenador hacía de referí, nos daba indicaciones y nos corregía. Más luego nos juntábamos todos en el vestuario y escuchábamos la “charla técnica”, que era una mezcolanza de consejos, recomendaciones órdenes y retos, que por lo general yo no entendía ni le daba bola pensando en autos convertibles y rubias de ojos celestes y bocas pintadas, total, para qué si jugar al futbol no se aprende, se trae en la sangre. Siempre terminaba de la misma manera “A poner huevos y usar la cabeza, que se puede. Este año la Copa queda en casa”. La última semana cambió la frase: “este año” se convirtió en “este domingo”.

El sábado,  entrenamos menos y nos quedamos a dormir en el club. Bueno…! Dormir es un decir…! Yo por lo menos, no pude cerrar los ojos ni un minuto…! Pensaba en el partido sin poder quitármelo de la cabeza… Tenía 3 obligaciones: ganar, jugar bien y, principalmente, lucirme ante los ojos de los que me iban a llevar al futuro…!
Esa mañana mateamos temprano y nos quedamos en el club hasta el mediodía. Almorzamos allí. Las jodas de los muchachos durante el almuerzo mostraban el excelente humor y el ánimo que teníamos todos. Después de almorzar descansamos un rato. Algunos durmieron, otros se quedaron jugando al truco o al chinchón o simplemente charlando. Yo me senté en una reposera a la sombra de un eucalipto y comencé a volar montado en mis sueños: un vestuario de verdad, el gol del triunfo (un golazo), una nota en El Gráfico, un contrato en un equipo grande, un par de lindas vedettes, una oferta en Europa, un auto importado, una casa frente al mar…
Y Herrera Vegas…? Sería famosa por mi…! “El Torito de Vegas”…! Hasta la pondrían en el mapa de la Internet…! Iría todos los meses, para mostrarles a mis amigos el auto nuevo, la rubia de la tele que me había levantado y para ver cómo andan las cosas en la estancia que me voy a comprar…
A las 4 de la tarde caminamos despacito y cantando bajito hasta el Estadio Municipal. Era la última vez que caminaría ese trayecto. O por lo menos, que lo caminaría con esas alpargatas deshilachadas, bigotudas. A partir de ese domingo, mis zapatillas importadas pisarían el pasto de clubes importantes. Y, quien te dice, Europa…!
Recuerdo que en el vestuario todos cantábamos y nos dábamos ánimo uno al otro.
Nos cambiamos lentamente. Yo probé dos pares de botines que me había regalado el hijo de la patrona de El Cardón, una estancia de por ahí cerca, que venía siempre a las fiestas de la escuela. No quería que se me lastimaran los pies. Esos benditos pies planos…!
A las 6 comenzamos a hacer ejercicios de calentamiento, a mover los músculos y estirarnos para que no te agarren calambres o te desgarres en un campito que queda detrás del vestuario. Me preocupaba esa vieja lesión del tobillo, así que lo probé bien, le di duro, y, gracias al Tata Dios, sentí que estaba todo bien.
A las 7 menos cuarto entramos a la cancha. Se juntaron los capitanes, se hicieron los sorteos y nos pusimos como nos indicó el técnico: cuatro estaqueados en el fondo, tres en el medio, uno más adelante (“enganche” que le dicen) y el Bayo y yo adelante. La tribuna estaba bastante llena. Era una fiesta para Bolívar, y muchos aprovecharon el lindo día para llevar a sus familias. Por ahí vi a varias personas de Vegas o que andaban por Vegas con frecuencia, que estaban detrás de uno de los arcos saludándome con las manos. Y en los asientos que hacían de platea estaban unos señores de traje dominguero, los “espías”.
A las 7 en punto comenzó el juego. Nosotros corríamos, la gente gritaba. Yo sentía los latidos de mi corazón como estimulándome para correr más y más.
El primer tiempo fue durísimo. Todo el juego se apretó en el mediocampo y poco pudimos llegar al área de los de Henderson. Tan malos como decían no eran… Tampoco ellos llegaron mucho. Se puede decir que los arqueros descansaron tranquilos.
Durante el descanso después del primer tiempo yo me quité los botines para descansar mis pies. El entrenador nos habló durante esos 15 minutos. Primero nos dio algunas indicaciones y luego se dedicó a darnos ánimo.
Cuando entramos a la cancha, llegué a escuchar que el masajista le decía al utilero “Viste…! Vino Don Pedro…!” Don Pedro…! Era la garantía del futuro…! Era el que buscaba jugadores para representarlos y acomodarlos en equipos de primera…!
En cuanto el juez pitó el comienzo del segundo tiempo, nos lanzamos como locos al ataque. Parecíamos caballos disparados. Durante 10 minutos los tuvimos encerrados en su propia área. Yo me imaginaba que estaba corriendo por el Maracaná con la camiseta de la Selección y dándole un baile a los negritos brasileños…!
Entonces llegó el fatídico minuto 11… Parece joda…! Justo el número que llevaba en la espalda de mi camiseta…! Recibí la pelota frente al arco. Ahí estaban los tres palos y el arquero, que parecía chiquitito en el centro. Sabía que era la mía, todo servidito en bandeja y con una alfombra para caminar hacia el futuro. Me relamí pensando en la cara de admiración de los “espías”, en la ovación del público, en mi traspaso al Nápoles (me sabía ese nombre porque allí jugó el Diego…). Me preparé para colocar la pelota en un rincón bien lejos del arquero, pero justo cuando iba a patear, la pelota dio un pequeño pique, se levantó y yo le pegué pifiado y me caí sentado en el pasto. El grito de “Tronco…! Ni pa’leña servís” retumbó clarito. Para colmo de desgracias, con el traste dolorido por la caída y el alma quebrada por el grito, vi como la pelota llegaba suavemente, como al trotecito, a los pies del 4 rival, que le tiró un pelotazo largo al 9 de ellos, que en nuestra desesperación por atacar, habíamos dejado solito. Agarró la pelota el muy guacho, corrió tres o cuatro pasos y le dio con alma y vida. Todo pareció moverse en cámara lenta: el zapatazo, la pelota en el aire, el arquero volando, la pelota colándose en un ángulo… No podía ser…! Sentí que mi corazón se quebraba, que mi garganta se secaba, que las lágrimas empujaban para salir de mis ojos.
El resto fue anecdótico, un mal recuerdo… Tratamos y tratamos, pero no pudimos. Nosotros cada vez más nerviosos, ellos cada vez más tranquilos.
Cuando el árbitro pitó el final del partido y ellos comenzaron a abrazarse, yo me senté en la tierra sin comprender lo que ocurría… Chau autos importados y rubias de cabarute…! Chau sueños de asfalto, estancias, viajes a países desconocidos a los que solo podés ir en avión…
Miré de reojo, primero a la platea y vi cómo los señores de traje se levantaban y se iban, y luego a la tribuna donde estaban mis conocidos de Vegas, que seguían gritando cosas incomprensibles pero seguramente nada  buenas. Bueno, un par de ellos se reían y hacían gestos con las manos. Seguro que me iba a tener que aguantar las cargadas de todos…
Tengo el vago recuerdo de los festejos de los de Henderson, de cuando les dieron los premios, de cuando el capitán de ellos alzó la copa que tanto habíamos querido nosotros. Nos fuimos callados, pensativos. Mudos estábamos en el vestuario, mudo me vestí, mudo caminé hasta la ruta para hacer dedo.
Suerte que ese camión me levantó rápido, porque ya era tarde y al día siguiente tenía que levantarme a las 5… Y recordé que el pizarrón de la escuela estaba roto… Lástima que no aproveché el viaje a Bolívar para comprarme unas bombachas nuevas, porque las que tenía ya no aguantaban más… Y esas alpargatas rotas…! Voy a ver si Doña Juanita y Don Rómulo tienen algún potro bagual que quieran amansar…! Para eso si que soy bueno…!

22/7/11

Matando a Carolina.



Siempre se despertaba temprano. Ese día no iba a ser la excepción.

A las 6 ya estaba despierto en la cama, tratando de mantenerse en absoluta inmovilidad. Sabía que cualquier movimiento podía desencadenar una tormenta. Pero estaba satisfecho: anoche la había estrangulado con sádico placer. Recordaba con euforia el rubor de su cara, los ojos saltones y llenos de lágrimas, sus esfuerzos desesperados por respirar, sus sacudones espasmódicos finales… Otra vez la había matado…!

Alrededor de las 7 se levantó tratando de no mover mucho la cama, de no hacer ruido, pero esa maldita puerta siempre emitía un quejido delator. Fue automático, el ruido y el salto de Carolina. Su grito retumbó en el silencio matutino “Cuántas veces te tengo que decir que me molesta que me despertés con esa maldita puerta a la mañana…! No podés tratar de no hacer ruido…? No te entra en la cabeza…?”
Sin responder, entró en el baño y acometió la incomodísima tarea de cepillarse los dientes, lavarse la cara y peinarse sin hacer ruido. Salió lentamente del baño y palpó suavemente la cama para verificar que no había ninguna pierna, mano u otra parte del cuerpo de su amada esposa, y lentamente, cuidadosamente, se sentó para poder abrir el cajón inferior de la cómoda y sacar un calzoncillo y un par de medias. Inevitablemente movió el colchón, lo que provoco el inmediato levantamiento de cabeza de ella, quien le reclamó “No hay caso…! Parece que lo hicieras a propósito…!”

Salió del cuarto, se vistió como todas las mañanas en la sala de estar que no era más que otro cuarto sin cama, con sillones y una televisión. Allí tenía el resto de su ropa, en su placard, que en realidad era medio placard, porque Carolina tenía ropa distribuida por todos los placards de la casa.
Como todas las mañanas, se preparó café para él y le dejó a ella la cafetera con café caliente para que tomara cuando se levantara.

Pensó “Qué hago, me despido o no…?”. Aunque parezca mentira, era una decisión difícil. Si no se despedía, a media mañana recibiría un llamado telefónico de Carolina reclamándole por haberse ido sin saludarla. Y si lo hacía… En fin…! Se decidió por entrar. Se acercó a la cama, apenas corrió las sabanas para descubrir su cara y le dio un suave beso mientras le decía “Chau, mi cielo…” La esperada respuesta, como estaba escrito, se produjo de inmediato. Otra vez la voz de Carolina lo golpeaba con un “Vos no aprendés…! Dale…! Seguí…! No ves que me duele la cabeza…?”. Sonrió y salió de la habitación lentamente.

Manejó hasta su trabajo, donde lo esperaban un montón de papeles de gente desconocida que pedía cosas imposibles y a las que debía responder con un formalismo, sabiendo que el empleado del Ministerio al que él se los enviaba, archivaría esos pedidos sin hacerse ningún problema. Pero él cumplía… “Hemos recibido su solicitud, a la que le daremos curso lo más brevemente posible, etc., etc., etc….”

Toda la mañana, mecánicamente, hacía su tarea mientras su cabeza tramaba el próximo asesinato. Lo que más le gustaba, aparte de sentir la muerte salir de sus propias manos, era que esos estúpidos compañeros de oficina, que jugaban al solitario en viejas computadoras o hablaban de sus ridículamente increíbles aventuras amorosas, ni siquiera sospechaban que era un peligroso asesino serial.

A las 10 de la mañana recibió una llamada esperada. “Se puede saber dónde están las radiografías de mamá?”. Como explicarle a Carolina que ni siquiera sabía que su mamá había ido al médico? Le propuso un par de lugares para buscar y siguió con su trabajo y pergeñando su próximo asesinato.

Como a las 11, algo arrepentido de imaginar tanta sangre, le mandó a Carolina un mensaje de texto. Un simple “Te amo, mi vida”, y al minuto le llegó el mensaje de respuesta “Dejá de mandarme imbecilidades, que estoy ocupada”

A las 12 en punto cerró su escritorio, bajó hasta su viejo Peugeot 504 y volvió a su casa. Demoró lo de siempre, unos 20 minutos. A la misma hora de siempre entró en su casa y escuchó la misma frase de siempre “Pensé que ya no venías a almorzar…! No sabés que si se me pasa la hora me duele la cabeza...? O lo hacés a propósito…?”

Intento besar a si mujer quien le acercó la cabeza para facilitarle la tarea de besarle el pelo mientras seguía revolviendo la olla. A pesar de saber la respuesta, no se pudo contener y preguntó “Qué cocinaste…?” Y, por supuesto, recibió la contestación de siempre “Comida, que va a ser…!” Sonrió pensando en la noche… Cómo iba a saborear ese asesinato…!

Se fue a lavar las manos mientras ella le gritaba “Y…? Vas a venir a comer o no…?” Sin responder, se sentó en la mesa y observó como ella le servía la comida. Eso sí, cocinaba bien, había que reconocerlo.

Una vez que Carolina le puso la comida en la mesa, se sirvió ella, agarró su plato y se fue al dormitorio diciendo “Yo como allá porque estoy viendo tele…!”
Mejor…! En la soledad de su almuerzo, siguió programando su sádico asesinato. Esta vez iba a ser realmente espeluznante…! Todavía no tenía en claro cómo sería. Ya había estrangulado, arrojado desde el balcón del viejo edificio de 6 pisos que había frente a su casa, envenenado, apuñalado, electrocutado,  degollado, matado a golpes de masa, ahogado con la almohada, baleado en la cabeza con una escopeta del 16… Quería algo diferente, nuevo, excitante…

Estaba en eso cuando Carolina lo interrumpió con un grito: “Luis…! Vení para acá…!”Despacio se levantó sabiendo lo que iba a escuchar. La miró con esa cara de estúpido que ponía cuando estaba planeando un asesinato y escuchó como a lo lejos a Carolina “En esta casa somos dos…! No podías levantar la mesa si vos comiste sólo acá…?”

Levantó el plato, el vaso y los cubiertos, los lavó y los dejó en el escurridor. Guardó cuidadosamente los individuales y aprovechó para irse. Antes se despidió con un “Chau” emitido en un volumen adecuado para que Carolina lo oyera desde el cuarto. Ella le respondió “Por qué tenés que gritar…?” Salió despacito, a paso lento, cruzó el pequeño jardín que tenía la sencilla casita de barrio donde vivía desde que se casó, hace 20 años.

Por la tarde su tarea era diferente: debía archivar la pila de papeles que sus compañeros le dejaban en el escritorio, cosa que hacía metódicamente, por número de expediente. Mientras tanto seguía tratando de descubrir la manera de cometer el crimen.

Finalmente se decidió. Siempre que decidía el cómo, sentía una fresca sensación de paz y relajamiento.
Volvió a su casa, Carolina no estaba. Por simple curiosidad le envió un mensaje de texto con la lógica pregunta “Amor, dónde estás? Vas a llegar tarde?. La respuesta no se hizo esperar “Estoy en la calle! No sé a que hora vuelvo. Si querés comer, preparate un sándwich”.

El sabía bien dónde estaba. Nunca esas salidas le produjeron celos, porque sabía que, llegara a la hora que llegara, sería cargada de paquetes. Carolina era adicta a las compras. Eso a él le divertía. Porque, por lo menos, nunca se salía del presupuesto. Compraba cosas baratas y, según ella, imprescindibles como una alfombrita para el baño, un par de aros de fantasía. De vez en cuando, una camisita de descuento. Pero compraba.

Se sentó frente al televisor mirando sin ver, pensando, mejor dicho deleitándose con la imaginación del homicidio para nada culposo que pensaba efectuar.

Alrededor de las 8 de la noche ya tenía todo preparado en su cabeza. El plan era perfecto. En ese momento sonó el teléfono… Carolina… A un cariñoso saludo ella le respondió con un “Ya comiste? Porque yo pasé por el patio de comidas del shopping y me comí una pizza. Nos vemos.” Y le cortó la comunicación.

Obediente, se preparó un sándwich de pan francés con jamón, queso y un tomate. Le dio un golpe de microondas y se lo saboreó como pensaba saborear la muerte de esa noche, con fruición.
Quince minutos más tarde entro ella en la casa. Pasó frente a él, que había vuelto a sentarse frente al televisor y le dijo “Me voy a la cama porque me duele la cabeza. Por favor, esmérate bien y tratá de no hacer ruido con esa puerta cuando vengas”. El se sonrió…

Se quedó frente al televisor con los ojos fijos en la hora que marcaba la pantalla. Estuvo así, inmóvil, por espacio de dos horas, tiempo que consideró prudencial para que ella se durmiera.

Abrió silenciosamente la puerta de calle, y con una manguera llenó un balde con nafta de su 504. Lo dejó en el patio trasero de la casa. Entró en la casa, fue al placard donde guardaba las herramientas y tomó un martillo y una soga. Entró lentamente al cuarto sabiendo que Carolina iba a reaccionar como siempre. Y así fue. Apenas la puerta se abrió, ella se sentó en la cama con cara de rabia. Cuando vió que Luis enarbolaba el martillo su cara se transformó en cara de terror. Antes que pudiera decir nada, le aplicó un medido martillazo en el medio de la frente. No muy fuerte, porque quería que despertara rápido: tenía mucho sueño. Carolina cayó inerte, con un pequeño hilo de sangre que le corría por el rostro.

Con mucho cuidado y dedicación la ató completamente con la soga. La miró y se dijo que parecía una momia. Sabiendo que iba a ser imposible mantenerla callada, le puso una gran cinta adhesiva de embalar en la boca.

Cuando ella comenzó a volver en sí, la cargó en sus brazos, resistiendo a los sacudones que ella daba. Cada vez que mataba sentía que su fuerza era mucho mayor de lo que él imaginaba.
Salió por la puerta de cocina al patio y la acostó sobre las baldosas. Ella se esforzaba por gritar pero la cinta adhesiva se lo impedía. Solo podía emitir unos quejidos y sacudirse violentamente tratando de liberarse de su atadura. Tomó entonces el balde de nafta y, cuidadosamente, la mojó de pies a cabeza. Lo hizo con cuidado, tratando que tanto el pelo como la ropa estuvieran bien impregnados.

Buscó la caja de fósforos de la cocina y se sentó a esperar el momento. Siempre, en ese último instante de vida de su víctima, gozaba mirando el terror que reflejaban sus ojos.

Finalmente, con parsimonia, abrió la caja de fósforos, tomó uno y lo encendió. Con una sonrisa en la cara le dijo “Chau, Caro”y la prendió fuego. Rápidamente se convirtió en una pira. El olor a carne quemada le acariciaba el olfato. Veía con placer como se retorcía mientras su piel se ampollaba, luego se ennegrecía y aparecía la carne, que también se quemaba lanzando un exquisito olor a asado. Tuvo paciencia para esperar a que se quemara totalmente. Cuando solo quedaron sus huesos, le echó más nafta, para que no quedara nada…

En media hora, solo había en el patio un montón de cenizas y olor a quemado. Con una escoba barrió las cenizas, las metió en una bolsa de residuos y la llevó a la puerta. Sabía que por la madrugada los muchachos el camión de basura la recogerían y se la llevarían.

Satisfecho con su trabajo, se bañó durante media hora y volvió a sentarse frente al televisor.
 
Carolina se levantó, se acercó a la puerta del cuarto de estar y le dijo “Sé bueno! Apagá esa tele que no me gusta dormir sola!”

Se paró, apagó la televisión, le pasó el brazo sobre los hombros y se fueron juntos a la cama.

Cuando sintió que el delicado cuerpo de ella se acurrucó a su lado aferrándose a su brazo, suspiró feliz… Mañana la mataría otra vez…!

18/7/11

Las encrucijadas erradas


Siempre se lo preguntaba, pero ahora que había llegado casi a los 70 años, la pregunta se había convertido en reclamo. Cómo es que había tomado tantas decisiones equivocadas? Su vida era una larga cadena de decisiones erradas y eso lo afectaba cada día más. Especialmente cuando, al contrario de otros, sí había tenido oportunidades de elegir “el otro camino” pero no lo hizo.
La primera elección fue su profesión. En realidad, ni siquiera se lo planteó. Desde que tenía uso de razón había decidido ser ingeniero.  Era como un designio superior. No se dio cuenta, y ahora sí, que esa fue la primera gran encrucijada y ni siquiera eligió el camino. Siguió por inercia por aquel que le parecía predestinado.
Odiaba las matemáticas, la geometría, el álgebra, y sin embargo estudió Ingeniería. Y ni siquiera le resultó difícil. No era un tema de dificultad sino de gusto.

La siguiente encrucijada si la eligió: se casó con quién él quería y cuando él quería. Era uno de los pocos aciertos, quizás el único, que contabilizaba en su vida. Graciela se llamaba ella.
Un día, en una reunión,  su padre le presentó un famoso ingeniero, que le propuso entrar como asistente en su empresa constructora. No entendía cómo, si le daba lo mismo cualquier cosa, si no le gustaba ninguna rama de la ingeniería, le dijo que no a esa oferta. Su primo sí aceptó, llegó a ser accionista y vicepresidente de la misma, y ahora, jubilado, vive en paz y felicidad con sus hijos y nietos. Una nueva encrucijada desperdiciada.
Consiguió un trabajo que no le gustaba en una empresa que odiaba, en un puesto intrascendente pero que le aseguraba un cómodo pasar a él y a sus hijos. Y realmente paso unos aburridos pero tranquilos años viviendo y creciendo económicamente en esa empresa. Lo único que le causaba placer era su casa y sus amigos. El resto era el costo que debía pagar para sentirse bien.

Un buen día, la empresa le propuso irse a Paraguay con una interesante oferta económica. Ni lo discutió con Graciela. Tomó la decisión de aceptar, pensando que lograría “capitalizar para su futuro”. En realidad ya había logrado muchas cosas materiales, pero no gracias a él sino a ella, que además de trabajar, era previsora. De no ser por Graciela, habría gastado todo tratando que su aburrido “hoy” se transformara en algo más interesante. Su esposa decidió (ella sí tomaba decisiones adecuadas) no acompañarlo y seguir progresando en su carrera y ahorrando para mañana, ese “mañana” que para él era una entelequia.
Ya sus hijos eran grandes, ya comenzaba a sentir que entre él y su mujer quedaban pocos objetivos comunes. En realidad, quedaban muchos, pero él no los veía, y envejecer juntos era la alternativa más adecuada, el gran proyecto, pero él eligió el otro camino, como siempre, el equivocado. La distancia contribuyó a ello. Ella quiso luchar y se fue a pasar un tiempo con él al Paraguay. Pero el ya había pasado la encrucijada y ya la había sorteado con el mismo desacierto de siempre. Ahora, con tristeza, recordaba las noches en silencio en la cama mientras ella lloraba a su lado y él se esforzaba por mantenerse insensible, sin hablarle. Su esposa estaba ansiosa por hacerle cambiar la decisión. Pero, como siempre, él desoyó toda voz exterior e interior que le decía “estás haciendo una cagada!” y se mantuvo firme. La imagen de Graciela partiendo de Asunción envuelta en lágrimas le quedó grabada para siempre. Pero ahora, esa imagen y el sentimiento que ella le producía estaba amplificada, enormemente amplificada. Y había una frase de Graciela que le quedó clavada en el corazón: “Yo lloro solo una vez por las cosas…”
Pasó el tiempo y siguió, solo a veces, acompañado otras. Pero siempre tratando desesperadamente que el “hoy” fuera soportable en una realidad que el mismo había ido forjando, que no toleraba.
Y apareció una nueva encrucijada: la empresa le planteo la posibilidad de volver o seguir en Paraguay. Por supuesto, decidió quedarse. Ahora no entendía las razones, pero ya era muy tarde. Total, su costumbre era sortear mal las encrucijadas.

Siguió el camino equivocado, empecinado en que estaba en la verdad. Siempre luchaba por sentir que no se había equivocado a costa de vivir gastando todo el dinero que entraba.
Se quería convencer a si mismo que todas sus elecciones habían sido correctas, pero por más que se esforzaba buscando argumentos, la razón lo contradecía.

Un día comenzó a extrañar. Sus amigos, su familia, sus lugares, su mujer. Pero en esa nueva encrucijada su orgullo pudo más. Decidió demostrarse a sí mismo y a los demás que no se había equivocado y decidió quedarse en Paraguay, totalmente solo y tratando de convencerse que esta decisión, tal como las anteriores, era correcta. Pero, por supuesto, volvió a equivocarse.

La realidad de la vida y la irrealidad de sus sueños comenzaron a atormentarlo. Comenzó a renegar de sus decisiones, comenzó a aceptar sus errores.

Y ahí está, sentado en el borde de la cama, sólo como en los últimos años, con esa soledad que no se soluciona con gente sino con afectos. Está frente a una nueva encrucijada. Esa noche había soñado con Graciela, sueño reiterado por cierto. La soñaba como si no hubiera ocurrido nada, ni siquiera los años,  los dos jóvenes y riendo.
Pensaba seriamente. Miraba la pistola y sabía que en esa encrucijada no podía errar. Se secó el sudor de la frente. Asunción era implacable en esa época. Se paró, caminó unos pasos hacia ningún lado, tomó un vaso de agua, volvió a la cama. La pistola seguía allí, negra, brillante, atractiva. Finalmente, convencido como siempre, tomó la decisión equivocada.

13/7/11

El ataud.


La casa la había hecho de a poco. Con la venta de un departamentito compró el terreno, que parecía estar en el medio del campo. Estaba pegado a la cancha de golf. Era como si el club hubiera abandonado un rincón. En ese rincón estaba el terreno que se compró, justo pegado a la salida del hoyo 1.
La casa fue inicialmente pequeña, pero con los años y las buenas épocas, fue creciendo y cambiando. Pero siempre quedó esa ventana en el rellano de la escalera desde la que se veía la calle. Un excelente lugar para chusmear el barrio. Bah! En realidad la calle era de tierra, en su vereda no había casas porque estaba el campo de golf de un lado y un terreno baldío del otro. En la otra vereda si había vecinos: unas tres casas bastante separadas entre sí ocupaban la manzana.
El asfalto quedaba a 40 metros (era eso, exactamente, lo que medía el frente del terreno baldío).
Esa ventana era una ventana al vecindario. Acostumbraba a asomarse de a ratos esperando ver algo diferente. Pero siempre lo mismo: la calle vacía, un par de chicos jugando, nada de tránsito. La calle no estaba en camino a ningún lado. Seguramente esa circunstancia la mantendría eternamente sin asfaltar.
A pesar de la interminable y aburrida monotonía, sabía que esa ventana le depararía una sorpresa y vivía atento para no perdérsela.
Una tarde, después de una semana de lluvia contínua en esos otoños tristes del Gran Buenos Aires, ocurrió lo que esperaba.
La calle era un verdadero pantano. Las veredas, sumamente angostas y arboladas, permitían el paso de las personas en fila india y tropezando permanentemente con los ladrillos con los que estaba tapizada. Bueno… En realidad eran un caminito de ladrillos con cercos de un lado y árboles del otro.
Fue entonces que sintió ruidos y voces de personas que hablaban al unísono, y que provenían de allá, del fondo de la calle, donde estaba la última casa de la manzana.
El ángulo no le permitía ver bien, ya que el mosquitero de la ventana, muy útil para ocultar su presencia, le impedía asomar la cabeza. Durante aproximadamente media hora se tuvo que resignar a entrever personas, todas de traje, arremolinadas, que intentaban avanzar por el medio de la calle luchando contra el abundante lodo mientras algunos algo separados del grupo daban indicaciones y gesticulaban. Pero no se quería perder el suceso. Sabía que ese era EL suceso que había estado presintiendo desde que se mudó.
Finalmente entró el grupo en su campo visual. De algún lugar (la última casa de la manzana, quizás) venía caminando una procesión transportando por el medio de la calle un ataúd. En ese momento miró hacia el otro lado, hacia el asfalto, y vió la parte trasera de un coche fúnebre (en realidad, la situación hacía suponer que era un coche fúnebre, ya que solo se veía la parte posterior, y era absolutamente negro.
Delante de la caravana venía caminando de espaldas un hombre serio, con los zapatos y los pantalones sucios de barro. De tanto en tanto se daba vuelta en dirección al posible coche fúnebre y hacía señas como llamando al hombre que estaba parado junto al coche observando las maniobras. Este contestaba que no. Seguía de espaldas dando indicaciones, llamando al de la funeraria y recibiendo siempre un no por respuesta.
El ataúd venía transportado por tres personas, también de negro, de cada lado y uno adelante y otro atrás, ocho en total. Eran notorias las dificultades del de adelante para mantener el equilibrio. Eran notorias también las sonrisas que les provocaba la situación y los esfuerzos por mantener la seriedad. Los 8 transportadores del ataúd estaban embarrados casi hasta las rodillas. Cada tanto, uno perdía pié y apoyaba su rodilla en tierra, inclinando abruptamente el ataúd hacia ese lado. Entre todos trataban de mantener el decoro necesario y ayudaban al caído a recuperar el equilibrio. El avance era sumamente lento y se observaba el franco cansancio de los ocho, pero especialmente de los tres de adelante, que iban prácticamente resbalando por el barro empujados por los otros cinco.
Por la vereda, en fila india, caminaba lentamente también una procesión de deudos/as llorando ortodoxamente y actuando como si ese espectáculo fuera algo normal, como si la situación fuera la esperada, como si todo estuviera controlado.
Era evidente que la gente de la funeraria no quería entrar el coche al barro y era evidente también que cada vez se hacía más dificultosa la marcha del cortejo fúnebre.
Ni en sus sueños más optimistas había pensado ver algo así! Eso justificaba, incluso, soportar la soledad del lugar y la calle que se convertía en un pantano apenas caían cuatro gotas locas. Sabía que no se iba a mover de esa ventana hasta ver el desenlace.
Estaba anocheciendo cuando el ataúd llego exactamente frente a su casa, o sea, a 40 metros del ansiado asfalto donde el coche fúnebre esperaba y el hombre de la funeraria daba muestras de fastidio por el tiempo perdido.
En ese preciso momento, el que llevaba la parte delantera tropezó y soltó el ataúd. El peso y el empuje que recibía de los de atrás, hizo el los dos de adelante también resbalaran y cayeran sentados en el piso completando su atuendo del pegajoso barro. Pocos esfuerzos hicieron los de atrás, quienes después de dos o tres intentos de mantener el ataúd derecho, también lo dejaron caer. Unos 20 cms. de la mortuoria y pesada caja se hundieron en el barro. La caravana de deudos se detuvo. Algunos lloraban, otros murmuraban y otros, francamente, reían.
Desde su ventana trataba de hilvanar las palabras para entender las conversaciones, porque el recato y el respeto por la muerte obligaba a esconder las sonrisas y a apagar.
“Che…! Que venga ese coche de mierda hasta acá…!” “Yo no puedo más…!””Acá no lo podemos dejar! Hay que llegar hasta el asfalto” “Dejame de joder, ya estoy agotado y tengo barro hasta las bolas”
El que venía dirigiendo adelante, hizo una excursión exploratoria hasta el coche fúnebre, y después de discutir un rato retornó con la negativa.
Hicieron un nuevo intento por levantarlo, pero ahora el barro actuaba como engrudo y estaba absolutamente inmovilizado.
Se formaron un par de grupos, ambos en la vereda, mientras el cajón esperaba pacientemente en el medio de la calle, totalmente embarrado. Uno de los grupos se dedicaba a consolar a los deudos y el otro grupo discutía acaloradamente.
El coche fúnebre desapareció de la esquina.
Poco a poco se fueron yendo los protagonistas. Uno dijo “Voy a ver si consigo una Pick Up”.
Ya era de noche y la posición que la ventana le obligaba a mantener, lo estaba cansando, pero quería esperar el desenlace.
Al final, solo quedó una mujer, seguramente familiar más cercana al ocupante del ataúd, y uno de los embarrados transportadores.
Esperó media hora más sin que ocurriera absolutamente nada. Como tenía que madrugar para ir al trabajo, decidió suspender la vigilancia ventanera y se fue a dormir.
Soño con un ataúd deslizándose por el barro como un trineo, arrastrado por perros negros con ojos que brillaban en la noche, con un señor embarrado y de galera montado en él y conduciendo la jauría.
Se despertó temprano, se baño y afeitó, se vistió, y cuando bajaba por la escalera para salir, recordó el episodio de la noche anterior. Se asomó por la ventana y comprobó que no estaba ni el ataúd ni los deudos. Lo que sí se veía era un surco profundo, de unos 80 cms de ancho, que iba desde el lugar donde había estado el cajón hasta el asfalto.
Se encogió de hombros. El chisme quedaba inconcluso... No iba a golpear puerta por puerta a las tres casas de la calle para preguntarle a unos desconocidos vecinos de dónde era el muerto y qué había pasado con el ataúd. Pasó de chisme a misterio...